“No es que no quieran hijos: es que no pueden tenerlos”


Por el Dr. Gurrea


Llevo años dedicado a la ginecología y la obstetricia, y puedo decir sin rodeos que a los profesionales de mi especialidad nos gustaría ver más nacimientos. No es solo una cuestión vocacional —que también—, sino una realidad clínica y social: acompañamos a nuestras pacientes desde antes del embarazo hasta el posparto, y cada vez son menos.

Voy a decirlo claro: los ginecólogos queremos más nacimientos. No por romanticismo, sino porque vemos cada día cómo desaparecen.

En España estamos en 1,1 hijos por mujer. Es una cifra demoledora. Muy por debajo del reemplazo generacional. Y, sin embargo, seguimos analizando el problema como si fuera una cuestión superficial, casi de capricho generacional.

No lo es.

El error de culpar a las mujeres

Se suele decir que las mujeres ya no quieren tener hijos. Mi experiencia me dice que esta afirmación es demasiado simplista. No es tanto una cuestión de deseo como de circunstancias.

La edad media del primer hijo en España supera ya los 32 años, una de las más altas de Europa. Esto reduce de forma natural el número total de hijos posibles y aumenta las dificultades reproductivas. No es ideología. Es biología.

A ello se suma un contexto poco favorable: precariedad laboral, acceso complicado a la vivienda y relaciones personales más inestables. Tener hijos hoy exige una seguridad que muchos jóvenes simplemente no tienen.

En mi consulta no veo rechazo a la maternidad. Veo miedo, dudas y, sobre todo, falta de condiciones. Porque tener un hijo hoy no es solo una decisión emocional. Es una decisión económica, laboral y vital. Y ahí es donde falla todo.

Ni ayudas ni discursos

Lo que ocurre en España no es una excepción. Es un fenómeno global. La natalidad cae en prácticamente todos los países desarrollados… e incluso en aquellos donde los gobiernos han intentado intervenir de forma agresiva. Los gobiernos llevan años lanzando mensajes, ayudas, planes… y la natalidad sigue cayendo.


China es el ejemplo más claro. Allí se han impulsado políticas que incluyen incentivos económicos, dificultades para acceder al aborto o incluso la apelación al “deber patriótico” de tener hijos. ¿El resultado? Más caída.

En la última década, han nacido millones de niños menos de los previstos. Lo mismo ocurre en Europa: Francia, tradicionalmente más natalista, también ha visto caer sus cifras.

Esto debería hacernos reflexionar: ni la presión política ni los incentivos económicos por sí solos están funcionando.Esto no se arregla con propaganda ni con pequeñas ayudas.

La incertidumbre

Si tuviera que resumir en una palabra lo que escucho en consulta sería esa: incertidumbre.

Los jóvenes no saben si podrán mantener su empleo. No saben si podrán pagar una vivienda. No saben cómo será el mundo dentro de diez años.Y con ese panorama, pedirles que tengan hijos es pedirles un acto de fe.

A eso se suma un clima social que tampoco ayuda: discursos catastrofistas sobre el futuro del planeta, miedo al impacto de la inteligencia artificial en el empleo, desconfianza creciente hacia las instituciones.

Nada de eso invita a formar una familia.

Se dice a menudo que el empleo y la vivienda no garantizan un aumento de la natalidad. Es cierto. Pero lo que no se dice tanto es que sin trabajo y sin vivienda, la natalidad se hunde. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo

He escuchado muchas veces que “los hijos pueden criarse en cualquier parte”. Puede ser. Pero necesitan estabilidad para crecer, y eso hoy no está garantizado para muchos jóvenes..

Más allá de la medicina

Como ginecólogo, yo puedo acompañar a una mujer en su embarazo, en su parto, en su recuperación. Pero no puedo darle un empleo estable ni una vivienda accesible.

Y ahí está el verdadero problema. La natalidad no se decide en los hospitales. Se decide en la sociedad.. Los gobiernos deberían entender que esto no va de ideología, sino de futuro. Porque sin jóvenes que tengan hijos, no hay sistema que se sostenga.

Nosotros seguiremos haciendo nuestro trabajo. Pero cada vez tendremos menos pacientes embarazadas.

Y eso, créanme, no es una buena noticia para nadie.

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